La Piedad – Fernando Gallego

La Piedad – Fernando Gallego

Todo apunta a que esta tabla del Prado, con la firma FERNA[N]DO GALLEG[U]S, es la primera obra que se conserva del pintor salmantino. Aunque algunos estudiosos consideran que Gallego la debió hacer en torno a 1480, la indumentaria a la moda que luce el donante, con el peinado corto y el tocado alto, testimonian que lo más tarde que Fernando debió llevar a cabo esta tabla fue en 1470, y lo más seguro es que la hiciera algún año antes. 
Lamentablemente, se ignora la identidad de los donantes y el lugar para el que se hizo en origen. No obstante, dadas las características, dimensiones y temática de esta tabla, todo indica que se encargó como obra independiente y que se debió hacer con destino a algún monumento funerario, como lo sugiere, además del tema, el remate en forma de arco rebajado en la parte superior tan del gusto de la época, aunque diferente a los que se hicieron en el claustro de la catedral de Salamanca con tal fin. Representados a menor tamaño, los donantes entonan el Miserere mei Domine (apiádate de mí, Señor), inicio del salmo 50 solicitando el perdón de Cristo para merecer los frutos de la Redención. 
Fernando Gallego representa en esta tabla la Piedad o Quinta Angustia, cuyo origen no es evangélico. Surgió en Alemania en el siglo XIV, con el fin de mostrar el dolor que experimenta la Virgen al pie de la cruz al recibir el cuerpo de su Hijo muerto. Su iconografía deriva de la Virgen como Madona de la Humildad, sentada en el suelo con el Niño sobre sus rodillas, al sustituir a este por Cristo con la imagen que presentaba después de la Crucifixión. 
A la influencia italiana trecentista , que se dejó sentir a fines del siglo XIV en el mundo nórdico, se debe la incorporación de este motivo del abrazo de la Virgen a Cristo al pie de la cruz en la iconografía de la piedad. Fernando Gallego, al igual que otros muchos pintores de su tiempo, al hacer esta tabla bebió de las fuentes de Rogier Van der Weyden, ya que, tanto en este como en otros temas, dejaron una fuerte impronta. 
En esta obra de Gallego, María va vestida con una túnica roja, alusiva al dolor de la pasión, y el manto azul cubriéndole los cabellos, está sentada al pie de la cruz, que no está situada en el eje de la composición, sino que está desviada hacia la derecha. En primer plano, ocupando gran parte del espacio disponible, la Virgen, ligeramente esbozada, forma una pirámide con su túnica y su manto. 
La ausencia casi total de oro -patente en los rayos que forman el halo de Cristo-, y la fuerza y la intensidad de los dos colores, rojo y azul, de los vestidos de la Virgen, en contraste con la encarnación nívea de Cristo muerto, están destinados a crear un gran impacto en el fiel. Además, la amplitud de sus vestiduras, que rompen en múltiples pliegues formando profundos huecos, introduce un elemento perturbador, inquietante, en el interior de la pirámide. 
Cristo, con los ojos en blanco y la expresión de la muerte en su rostro y las huellas de la pasión en su cuerpo, cubierto sólo con un paño de pureza transparente, está dispuesto en diagonal sobre las rodillas de su Madre. Además, en lugar de apoyar los pies en el suelo, Fernando Gallego los sitúa en alto, colocados sobre la piedra que el salmantino incorpora para tal fin en primer plano, dando muestra con ello de su originalidad y de su gusto por lo decorativo. Y, sin duda, también hay que incluir en la nómina de Gallego al recrear el modelo de Rogier Van der Weyden, las piernas distorsionadas de Cristo, como es habitual en las obras del salmantino, que contribuyen también a introducir una nota de inestabilidad y movimiento en el interior de la pirámide que diseña el cuerpo de la Virgen. Fernando Gallego, prescindiendo de las heridas y sangre de Cristo que suelen aparecer en la representación de la Piedad, concentra el dramatismo de la escena en la intensidad del abrazo de la Virgen a su Hijo. 
María se inclina sobre su Hijo y le besa estrechando su cuerpo fuertemente entre sus brazos, sosteniéndole por la cabeza y por la cintura, dejando sentir su enorme dolor, su angustia, en su rostro ensimismado, cubierto de lágrimas. Existen variantes respecto a las obras de Rogier Van der Weyden en la forma en que la virgen abraza a su hijo, tanto en el modo de sujetar la cabeza como, sobre todo, en la forma de pasar su brazo izquierdo por la cintura. Gallego dispone la mano de María cubriendo la llaga del costado de Cristo y dispone el brazo izquierdo de Cristo a lo largo del cuerpo aun cuando deja caer el final del brazo y la mano sobre la pierna. 
Respecto al derecho, lo sitúa también a lo largo del cuerpo, aunque algo separado de él y apoyando su mano contra la túnica roja de María. De este modo, igual que había hecho con las piernas, Fernando Gallego consigue que pierdan la rigidez y que adquieran un mayor ritmo. Para destacar la soledad de María, representada al pie de la cruz, en un paisaje estilizado y construido sobre un plano de base muy inclinado, animado al fondo, junto a la ciudad amurallada que evoca a Jerusalén, como si fuera una ciudad medieval, con algunos personajes a escala diminuta, no incluye ninguno de los elementos por Weyden en algunas de sus versiones de este tema. Lo único que el pintor salmantino dispone en primer plano es su firma, en caracteres romanos, separada del espacio en el que se encuentran las personas sagradas por una piedra, igual que hace con los dos donantes (Texto extractado de Silva P.: Fernando Gallego, 2004, pp. 130-135).

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